Candidato Zapatero

REPORTAJE: ZAPATERO DE CERCA
Candidato Zapatero

PABLO ORDAZ 17/02/2008

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Durante más de una semana, un periodista y una fotógrafa de EL PAÍS han seguido a José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa, en campaña, en sus reuniones, en sus escasos momentos de ocio. Éste es el retrato de esos días.

La primera cita es en La Moncloa. Un martes. A mediodía. En su despacho. Lo primero que llama la atención es el silencio, el vacío. Zapatero no está, no ha llegado todavía, y los periódicos de la mañana siguen intactos sobre el escritorio. No es lógico que, a la hora que es, el presidente del Gobierno no haya leído aún la prensa, por tanto, la primera conclusión es que Zapatero ya no usa este despacho. "Les pasa a todos", dice una voz que sabe de lo que habla; "es el primer síntoma del síndrome de La Moncloa. Van dejando de utilizar este despacho -situado en la primera planta del edificio del Consejo de Ministros- y casi siempre se quedan a trabajar en el que tienen en la planta baja del Palacio. El presidente trabaja allí en vaqueros, más cómodo, a salvo de las miradas".

-¿Y por qué no hacemos la entrevista allí?

-Imposible, Sonsoles no quiere. De esos árboles para allá, no se puede pasar. Es su vivienda y quiere intimidad.

El periodista distrae la espera curioseando por el despacho. Dos fotografías enmarcadas en plata. Una del Rey y otra del Príncipe. La de don Juan Carlos dice: "Con mi afecto personal". La de don Felipe: "En recuerdo de nuestro interesante y cordial encuentro". No parece que la monarquía se estire mucho en dedicatorias. Hay también una fotografía de Sonsoles Espinosa y de las niñas, Laura y Alba, que ya deben andar por los 12 y los 10 años. Zapatero se acerca caminando por el jardín. Llaman la atención sus grandes zancadas, pero sobre todo llama la atención verlo solo. Los días siguientes, Zapatero siempre aparecerá acompañado, rodeado de gente que le ofrece un café, un agua, un apretón de manos, una sonrisa, un Rioja, un Ribera del Duero, un libro dedicado, el consejo de un escolta que ya ha despejado el camino, por aquí presidente, cuidado con ese escalón…

-Hola Gertru.

Zapatero aparece sonriendo y lo primero que hace es saludar a su secretaria. Ofrece café y para él pide un vaso de agua - "he estado corriendo un rato"-. Luego rompe el hielo contando que acaba de telefonear a José Saramago para preocuparse por su salud y que lo ha encontrado bien. "Me ha dicho que las nuevas generaciones de escritores españoles deberían estar escribiendo sobre la situación de la derecha en nuestro país". Luego escucha con atención la propuesta de tener una sombra extra durante unos días. La segunda cita es a bordo de un Airbus 310 VIP de las Fuerzas Aéreas. Destino: Palma de Mallorca. Encuentro con Angela Merkel.

-Señor presidente, señores pasajeros, dentro de unos minutos tomaremos tierra en el aeropuerto de Palma…

Zapatero, la vicepresidenta Fernández de la Vega y cinco de sus ministros se dirigen -junto a un séquito de unas 60 personas- a la XXIV cumbre Hispano Alemana. Pero para cuando el presidente español se encuentre con la canciller alemana, ya la tendrá muy vista. Hoy, en las portadas de casi todos los diarios españoles aparece Angela Merkel haciéndose carantoñas con Mariano Rajoy, a quien desea, "de todo corazón", que triunfe en las elecciones del 9 de marzo. Parece una ocasión estupenda para ver si el tan traído y llevado talante de Zapatero sigue pasando sin problemas la ITV después de cuatro años en La Moncloa y en vísperas de una reñida contienda electoral. Sus colaboradores no albergan ninguna duda.

-Busca a alguien a quien el jefe haya echado alguna vez una bronca. En La Moncloa o antes de llegar a La Moncloa. Verás como no lo encuentras.

El caza que ha venido escoltando el avión del presidente se da la vuelta y el Airbus toma tierra. Un jefe de protocolo se acerca al periodista y le advierte:

-Tú vas en el coche 3. Que no se te olvide. Eso es lo más importante. Perder la caravana es fatal.

La comitiva presidencial parte del aeropuerto en un santiamén. Zapatero espera a Merkel en la puerta del Ayuntamiento de Palma. Justo enfrente -en unas oficinas de la tesorería general de la Seguridad Social- unas funcionarias aprovechan para pedir un aumento de sueldo. Gritan "¡José Luis!" al tiempo que hacen la señal del dinero. El presidente les sonríe, les guiña un ojo y ellas se lo agradecen cambiando el tono del discurso: "Eh, José Luis, estás muy guapo, eh". La mañana se va en himnos nacionales, en desfiles, en firmas de libros de honor y en reuniones bilaterales. Un ministro refunfuña: "Estas reuniones no sirven para nada. Todo está pactado, todo acordado. Un día entero perdido para hacerse una foto". Antes del almuerzo, rueda de prensa conjunta. Zapatero ensaya un piropo de ida y vuelta: "Aquí veranean y viven miles de alemanes, y esto dice mucho de la inteligencia y el buen gusto del pueblo alemán". Le da la réplica Merkel, que tal vez para compensar la foto del día anterior le regala un "seguimos con mucho interés los trabajos de la alianza de civilizaciones". Zapatero -traje gris, camisa blanca, corbata burdeos- se pone así de ancho. Un periodista alemán intenta preguntarle a Merkel por un asunto doméstico y ella responde: "¡Cuando estamos en el extranjero sólo hablamos de temas que interesan en el extranjero!" Qué carácter. Una periodista española de un diario muy poco partidario de Zapatero toma el turno y le pregunta por un comunicado de los obispos -también muy poco partidarios de Zapatero- que por el momento sólo ella conoce. Los asesores del presidente se ponen nerviosos. Él, en cambio, sale del atolladero con buenas palabras, sin entrar al trapo y rematando la faena con un guiño a la reportera.

El día se convierte en un examen al talante. Primero Merkel y Rajoy en todos los periódicos. Segundo Merkel en carne mortal. Luego, la preguntita de los obispos, para, a continuación y por si no fuera poco, una visita a la catedral. De maestro de ceremonias actúa un canónigo que sabe alemán y que, cómo no podía ser de otra manera, presume de ello dirigiéndose en alemán a Merkel. Se produce entonces un lío idiomático. Zapatero y Merkel se venían manejando bien por medio de los intérpretes, pero cuando el canónigo entra en acción, Zapatero se queda fuera de juego. Lo combate tirando de su mejor arma: la sonrisa. Después de hacerse una foto de recuerdo ante el mural de Miquel Barceló, enfilan la salida. Zapatero se dirige al canónigo. "Está muy bien la catedral, no tiene la altura de la de León, pero está muy bien". Por insustancial que parezca, en esa frase se resumen dos de las características de Zapatero. Su vocación irreprimible de sintonizar con sus contrarios -contra más contrario, mejor- y el recuerdo a León. Se despide del canónigo: "Muchas gracias, tenéis muy bonita la catedral, nos veremos pronto, porque mi mujer tiene muchas ganas de ver el mural de Barceló". Hay otro acto con Merkel. Parabienes mutuos y problemas de sonido. Caravana oficial y regreso al avión, que enfila la pista de despegue. Un guardia civil que se cuadra. En cada asiento, una caja de madera con una nota de la alcaldesa de Palma. Sobrasada y aceite de oliva virgen. El ambiente es totalmente distinto al de la ida. Relajación y cansancio. El presidente manda cerrar la cortinilla del salón que comparte con la vicepresidenta y los cinco ministros que le acompañan. Sólo Fernández de la Vega y Rubalcaba parecen guardar fuerzas y se pasean charlando con sus colaboradores. El periodista intenta localizar al caza de escolta pero no lo encuentra. Se le habrá olvidado venir. "Cómo está el servicio", que diría Arias Cañete.

A la mañana siguiente, viernes, los ministros esperan en la sala del consejo -sistema de doble puerta que guarda la confidencialidad de las deliberaciones- a que Zapatero termine una entrevista con un periódico gratuito. Segundo Martínez, el jefe de seguridad del presidente, hace recuento de lo que se les viene encima de aquí al 9 de marzo: "35.000 kilómetros. 29 ciudades. 10 actos en Madrid. 18 entrevistas…".

La entrevista se alarga. Un ministro pega la hebra con el periodista. Dice que el trabajo de presidente -también el de ministro- implica toneladas de peso sobre los hombros. El peso de las decisiones. De la responsabilidad. "José Luis no ha cambiado, a pesar de las toneladas que todos los días le caen encima. Sigue teniendo mucha seguridad, transmite confianza". Otro de sus colaboradores más cercanos comenta allí mismo: "Todos los presidentes, antes o después, acaban interiorizando que están solos. Y al final terminan escuchando siempre la misma frase: oye, presidente, qué hago. De ahí que todos sufran un proceso de introspección". Zapatero aparece por fin y comienza el Consejo de Ministros. Cuando termina -no mucho después-, algunos ministros se quedan junto a José Enrique Serrano y Nicolás Martínez-Fresno -los más estrechos colaboradores de Zapatero en Moncloa- a tomar un café y un pincho de tortilla. Zapatero se marcha. Solo. Caminando por el jardín. Hacia su casa. ¿Habrá empezado ya el proceso de introspección?

-No creo. Yo me encuentro muy bien.Estoy volcado en este trabajo, pero tengo una visión optimista de la vida que tiene mucho que ver con mi estabilidad personal. Tengo una vida personal muy agradable con mi mujer, con mis hijas, con mis amigos. Es un permanente baño de oxígeno.

En Algeciras, el oxígeno viaja a 100 kilómetros por hora. Levante en el Estrecho. Y un polideportivo lleno esperando a Zapatero. El presidente candidato llega tarde y además no quiere poner las sirenas. La noticia le llega a Manuel Chaves, que sí ha llegado puntual al mitin de Algeciras. Mitin que no puede empezar porque otro de los actuantes -Alfredo Pérez Rubalcaba- también forma parte de la comitiva del presidente que acaba de aterrizar en Jerez y que aún deberá cubrir casi 100 kilómetros por carretera. Chaves aprovecha para contarle al periodista su relación con Zapatero, que al principio fue tensa y ahora va como la seda. El presidente de la Junta de Andalucía viste a la última y se mantiene en forma haciendo spinning -bicicleta estática al ritmo endiablado de la música-, pero en un momento de la conversación su asistente lo interrumpe para entregarle un teléfono:

-Don Manuel, lo llaman de Presidencia.

En cambio, cuando por fin Zapatero llega al polideportivo, lo hace tecleando un mensaje en su teléfono móvil.

-Qué tal, Manolo, llegamos con retraso, ¿cómo va todo?

El mitin es… otro baño de oxígeno. Pérez Rubalcaba -candidato por Cádiz- se dedica a repartir estopa a Rajoy para delirio de los presentes. Chaves juega en casa. El objetivo es que el presidente del Gobierno suba al estrado a las nueve menos diez de la noche. Si lo hace después no entrará en todos los telediarios. Pero los teloneros se demoran más de la cuenta y el presidente del Gobierno sólo puede empezar a hablar cuando faltan tres minutos para las nueve-. Pero si con algo disfruta Zapatero es con los mítines. Se los prepara sobre el terreno y sube al estrado sin un solo papel.

-Me gustan mucho los mítines. Percibes enseguida cómo está el ambiente, los temas que tocan el corazón, los temas que la gente está más convencida, los temas en que la gente puede tener más dudas. Sí, disfruto mucho con los mítines.

-Pero a un mitin sólo van los convencidos.

-Sí, pero cuanto más convencidos están los convencidos, más convencen a otros. La gente necesita ver que somos muchos, que compartimos los ideales. Un mitin bueno, bueno de ambiente, de fuerza, bueno de discurso, tiene su importancia. En un mitin, más importante que los discursos, son los aplausos.

Y Zapatero, en Algeciras, saca su mejor recurso para cosecharlos en el sur: sacar de paseo a Felipe González.

-Con Felipe -le dice Zapatero a los gaditanos- España le dijo adiós a la tristeza…

…y el polideportivo se viene abajo.

La comitiva llega a la pista del aeropuerto de Jerez a las 22.30. Justo en ese momento están bajando los pasajeros de un vuelo regular de Iberia que acaba de llegar procedente de Madrid. La gente que desciende del avión alucina con el espectáculo inesperado: coches oscuros y blindados que invaden la pista, tipos altos y fuertes vestidos de forma impecable que saltan de los vehículos, auriculares en las orejas, micrófonos en las mangas de las camisas. Y, en seguida, el presidente del Gobierno, y el ministro del Interior, y un guardia civil que se cuadra, y un pequeño avión que los engulle a todos y que despega en un santiamén. El presidente -que pierde un kilo en cada mitin- se quita la chaqueta y da la sensación de que va a repantigarse en su sillón, pero guarda la compostura. Enfrente de él, Alfredo Pérez Rubalcaba. La comitiva, al contrario que el día de Palma, es muy pequeña. Nada más alcanzar altura, un auxiliar de vuelo se dirige a ellos.

-¿Van a cenar?

-Sí.

-¿Rioja o Ribera del Duero?

El presidente parece cansado. Rubalcaba, en cambio, sigue fresco y tira de la conversación. "¿Qué tal la mano, José Luis?". A Zapatero, cada vez que entra en un mitin, los fieles le propinan una tunda de cuidado. A pesar del trabajo de los escoltas, el resultado incluye solapas arrugadas y la mano derecha entumecida. "Tendrías que utilizar una de madera", bromea el ministro del Interior. Zapatero sonríe la ocurrencia.

El periodista le pregunta por su tranquilidad. Es algo que le sorprende desde el primer día que visitó La Moncloa. Nadie del entorno de Zapatero parece valorar la posibilidad de que Rajoy les obligue a llamar al camión de la mudanza. Una tranquilidad que, por ejemplo, no comparte Manuel Chaves. El presidente andaluz anda preocupado por la abstención. Teme que en Andalucía -donde nunca gobernó nadie que no fuera del PSOE- la gente de izquierdas piense que todo está resuelto y se quede en casa.

-Y usted, ¿por qué está tan tranquilo?

-Porque sólo se puede ganar si se está seguro de ganar.

Segundo Martínez, el jefe de Seguridad de Zapatero, se acerca a la mesa.

-Ando preocupado con el acto de mañana en San Sebastián.

-No te preocupes -contesta Rubalcaba-, seguro que todo sale bien. ¿Habéis hablado con la Ertzaintza?

-Sí, llevamos hablando toda la tarde.

-Todo irá bien.

-Me preocupa que algún radical intente colarse dentro del mitin.

Es entonces cuando Zapatero, que parecía abstraído, se mete de lleno en la conversación.

-¿Pues sabes qué, Segundo? No me importaría que se metieran. Tengo muchas ganas de decirles a estos, cuatro cosas a la cara.

Esto último lo dice mirando fijamente al periodista, sentado a su izquierda, casi nariz con nariz, sin pestañear, una forma que tiene Zapatero de persuadir a su interlocutor, de demostrarle físicamente que siente lo que dice, y que necesita que el otro se lo crea, que lo grabe en su cerebro como palabras de ley.

-Sí, la verdad es que tengo ganas de decirles a estos, cuatro cosas a la cara…-repite.

Unos días antes, durante el encuentro de La Moncloa, Zapatero actúa de la misma manera. Habla relajadamente de lo divino y de lo humano, con esa forma tan suya de esculpir las frases que desespera a los entrevistadores radiofónicos, hasta que la conversación se interna por los vericuetos del diálogo con ETA. El presidente dice: "He dejado ahí toda mi energía, toda mi pasión… Sinceramente creo que he sido el presidente que más ha apostado por un final dialogado. Y tengo para mí la convicción íntima, personal, de que ellos son también conscientes de la oportunidad que han perdido. En el fondo, su respuesta viene de la soberbia que dan las pistolas. El poder matar es un gran poder. Y renunciar a poder matar es renunciar a tener poder…".

Zapatero se queda en silencio un rato, recupera después el tono de la entrevista y hasta posa para la fotógrafa con aire distendido, pero al rato -como si él y su interlocutor mantuvieran el hilo enhebrado de la conversación anterior sobre ETA- se vuelve a acercar, nariz con nariz, la mirada que taladra, y dice en voz baja, lentamente, como quien cuenta un secreto: "Estuvimos muy cerca de conseguirlo… Pero el poder de matar es un gran poder".

A las 23.30, el avión del presidente toma tierra en la base de Torrejón. No hay tiempo para protocolos. Un apretón de manos y al helicóptero Superpuma que lo dejará en Moncloa en 20 minutos. Rubalcaba se mete en su coche blindado y pone la proa hacia la sede del Ministerio del Interior en el paseo de la Castellana, donde trabaja y vive por motivos de seguridad. Rubalcaba es una pieza clave en el proyecto de Zapatero. La sintonía es total.

De Algeciras a San Sebastián, 1.111 kilómetros y mucho más. El avión permite saltar de una realidad a otra en lo que dura un sueño. En Andalucía ser concejal socialista significa navegar con el viento a favor, aquí en Guipúzcoa -donde el avión de Zapatero acaba de aterrizar y ya hay ocho coches negros a pie de pista- es jugarse el pescuezo. Desde el aeropuerto de Hondarribia al edificio del Kursaal hay ertzainas en todos los cruces, en todos los tejados, debajo de todas las alcantarillas. Ocho coches negros. Y agentes con fusiles y prismáticos en los tejados. Zapatero conversa un rato con los suyos antes de salir a escena. La imagen no tiene desperdicio. Todos están de pie menos Zapatero y Jesús Eguiguren -el principal negociador con ETA-, que permanecen sentados, juntos pero no enfrentados, sino mirando ambos en la misma dirección, hombro con hombro, como si el presidente del Gobierno quisiera tener con él un gesto de sintonía especial, como queriendo simbolizar ante los suyos, en esa capilla privada que es el backstage de los mítines, que el fracaso de la negociación con ETA sólo es atribuible a ETA, no a una estrategia equivocada de Eguiguren ni de los que lo acompañaron a verse, cara a cara, con los terroristas. Y, unos minutos después, en el mitin, Zapatero le pone letra a esa escena íntima y silenciosa:

-Quiero que lo tengáis muy claro. Sólo hay un responsable de que hoy no haya paz en Euskadi: ¡ETA y su locura criminal!

El mitin acaba. Zapatero es llevado hacia los sótanos del Kursaal, tan imponentes como el edificio en sí. Allí esperan los ocho coches negros, ya en marcha, para salir en dirección al aeropuerto de Hondarribia. Un camarero del restaurante de Martín Berasategui que ha bajado a tirar la basura contempla la escena propia de película de acción. Zapatero pasa por su lado y no lo ve. Va consultando un mensaje en el móvil. Un teléfono corriente, coreano, ni viejo ni nuevo sino todo lo contrario. Pero un atributo sin el que ninguno de sus íntimos imagina a Zapatero. Un teléfono con el que el presidente le ha hecho un butrón a la Moncloa para entrar y salir a su antojo sin moverse del sitio. Y, para desesperación, a veces, de sus ministros.

-Sí, sí -sonríe el presidente-, alguna vez me he enterado de alguna cosa cuando el ministro en cuestión aún no se había enterado y eso, je je, los pone en una situación comprometida. Pero sí, es verdad que soy un poco heterodoxo en ese sentido. Me gusta recabar información, pedir opinión a gente muy diversa para componer una visión en conjunto. Llamo a expertos, a compañeros del partido, a amigos, de Madrid o de León. Hoy la información fluye, y de eso se puede beneficiar el presidente del Gobierno o cualquier ciudadano que quiera saber. Yo creo que la información es una de las mayores grandezas que tiene la democracia contemporánea. Cuanta más información, menos manipulación…

Sonsoles Espinosa acaba de llegar al despacho de Zapatero en la sede socialista de Ferraz. El momento tiene mucho de simbólico. Durante cuatro años -los que fueron de 2000 a 2004-, este fue casi el único lugar donde el matrimonio se vio de lunes a viernes. Habían tenido que dejar León con dos niñas muy pequeñas y trasladarse a Madrid. Fue justo después de que Zapatero ganase el 35º Congreso del PSOE imponiéndose a Bono y a todos los pronósticos. Alquilaron una casa en Las Rozas, pero lo cierto es que por allí el presidente paraba lo justo. Sonsoles Espinosa venía aquí a verlo, pero la mayor parte del tiempo se lo pasaba charlando con Gertrudis, la secretaria, o con Angélica Rubio, una de los personas más cercanas al presidente. Los más íntimos de Zapatero guardan de aquella época un recuerdo agridulce. "Hasta el 2003", van contando en los tiempos muertos de los mítines, "al jefe lo ningunearon, los de fuera y también muchos de los de dentro. Incluso los periodistas de Madrid ni siquiera lo seguían a los actos. Él era el que menos se preocupaba. Nos decía: tranquilos, hay que poner los faros largos". La otra noche todos aquellos recuerdos flotaban por el despacho de la sede socialista de Ferraz. Mientras Zapatero atendía una llamada -otra más- de su teléfono móvil, la fotógrafa le explica a su esposa el tono de los retratos que quería hacerles.

-No pretendo que poséis. Sólo quiero normalidad.

-Pues aprovecha -tercia Sonsoles divertida-, esta es la normalidad. Él hablando por teléfono y yo al lado, esperando que termine.

La determinación del matrimonio por mantener la vida familiar al margen es total, innegociable. No hay manera de convencer a la mujer del presidente de que conceda una entrevista o que franquee a un fotógrafo las puertas de su casa. Sólo en contadas ocasiones -y ésta es una de ellas- se presta a ponerse delante de los focos junto a su marido. Y, cuando lo hace, cualquiera se da cuenta de que la alegría de ambos no es fingida, de que sigue vigente aquello que Rodríguez Zapatero le dijo al periodista Feliciano Fidalgo en 1986. Zapatero tenía 26 años y acababa de ser elegido por primera vez diputado por León, el diputado más joven de España. "El partido", le dijo Zapatero a Feliciano, "es el único instrumento serio, homogéneo; para mí, sentimentalmente, es mi segundo amor".

-Y cuál es el primero.

-Sonsoles, mi novia.

Lo que más llama la atención de Zapatero -y tal vez lo que exaspera a sus contrarios- es que es un tipo satisfecho, tranquilo, seguro de sí mismo, razonablemente feliz. Sólo se muestra ligeramente preocupado al hablar del futuro de sus hijas, del efecto que La Moncloa pueda tener en ellas. Dice que, de todas formas, si fueran chicos estaría más inquieto. "Pero son niñas, y yo creo que tienen un sentido mucho más maduro de la realidad. Mi impresión es que a estas alturas saben muy bien lo que representa esto, la circunstancialidad de esta situación, creo que no les afecta excesivamente, sería absurdo pensar que alguien que pasa por aquí mucho tiempo, que crece aquí, no le va a afectar en su forma de vida, algo tiene que afectar, de lo que se trata es de que les afecte lo menos posible".

Y, como si se reprochara esa incursión en la vida privada, enseguida vuelve a la política. "¿Vas a venir a Vista Alegre? Debes venir, aquello para nosotros es especial. Desde el 2002 hemos ido seis veces".

Domingo 10 de marzo, plaza de toros de Vista Alegre. Rodríguez Zapatero, en primera fila, junto a Felipe González, recuerda aquellos días de cuatro años atrás. "Del 20 de febrero al 10 de marzo, esos fueron los días más emocionantes. Iba notando una fuerza en los mítines, en la calle, notaba que llegaba a la gente, que iba a ganar… Lo notaba en la piel. Llegaba de los mítines sin nada de cansancio, con ganas de dar otro mitin". Ahora lo sigue viendo, y también dice que ve un partido en paz como nunca. Salta al estrado y Felipe, desde la primera fila, lo aplaude con fuerza. Él le agradece su actitud pidiendo para él los mejores aplausos: "Con lo que la derecha ha dicho de Felipe, y que ahora venga toda Europa a pedirle por favor que piense en el futuro". Los militantes socialistas aplauden con fuerza. Vista Alegre es una especie de misa mayor, de fiesta grande donde Rodríguez Zapatero -sin un papel a la vista- va desgranando los logros de su mandato, ridiculizando al PP y encendiendo un punto de emoción en la gente cuando se refiere a los médicos perseguidos en Leganés, a las tropas que se trajo de Irak…

-Quien más apoya a la familia, y eso la Iglesia lo sabe, somos los socialistas…

La gente aplaude y Zapatero se lanza en tromba a dar consignas. Cuando todo va bien, la derecha no reparte los beneficios. Cuando las cosas van mal, no reparten los sacrificios. "Ellos quieren las cosas como las de antes, pero yo no me callo ante los que mercadean con el miedo…"

Cuando el presidente termina de hablar una lluvia de papeles blancos y rojos caen sobre su cabeza. González sube un momento a saludarlo y luego alcanza la puerta sin quedarse a la fiesta. Zapatero también será de los primeros en salir, acompañado por Sonsoles, por su jefe de seguridad, por su asistente. La comitiva incluye a un sanitario con un desfibrilador a cuestas, a un agente con un inhibidor de ondas portátil para evitar atentados y a muchos agentes que le hablan a los puños de sus camisas. Zapatero parece ajeno a todo. Se le ve feliz, sudoroso, con la adrenalina a flor de piel. Cuando ve al periodista -que hoy dejará de ser su sombra- se para y se gira, le tiende la mano y le pregunta, sonriente.

-¿Qué? ¿Te he convencido ya?.

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