Articulo006

28 Octubre 2007
Cristina Lasvignes escribe para "El País Semanal"

NO TE IMAGINABA ASÍ…

La voz nos delata y nos retrata. Dice cómo nos sentimos e incluso revela cómo nos ha ido en la vida, pero… ¿podemos ponerle rostro, color de pelo, altura, peso? Cristina Lasvignes, presentadora del programa radiofónico ‘Hablar por hablar’, indaga en los misterios que esconde la voz, su arma de trabajo.

Por Cristina Lasvignes. Fotografía de Jesús Ubera.

“No te imaginaba así”. Creo que ésta es la frase que más veces hemos oído todos los que nos dedicamos a esto de la radio. Todo el que te oye, te imagina. Te pone una cara, un color de pelo, una estatura, te calcula una edad… Unos se acercan más que otros a la realidad, pero el caso es que nos terminamos convirtiendo en algo así como el hombre de las mil caras, una por cada oyente que te ha imaginado.

¡Y hablando de caras! Aprovecho para pedirles que si conocen próximamente a algún locutor, pueden comentarle si quieren lo de “no te imaginaba…”, pero, ¡por favor!, eviten en la medida de lo posible el gesto de decepción mientras lo dicen. En serio, duele. Ya sabemos que ustedes siempre nos imaginan más jóvenes, más altos, más guapos y más delgados de lo que somos, pero, si lo piensan un poco… ¿no creen que si fuésemos así, ya estaríamos en la tele? En fin, que ya lo saben, la próxima vez: ¡disimulen!

Nunca he entendido muy bien por qué tenemos esa necesidad de ponerle rostro a las voces que oímos, pero lo cierto es que todos, y digo todos, lo hacemos, porque, no se engañen, si ustedes nos imaginan a los de este lado de la radio, nosotros también les imaginamos a ustedes. En mi caso, por ejemplo, imagino una media de veinte voces cada noche en el Hablar por hablar. Es algo recíproco. Yo normalmente cuento con ventaja, ya que ellos suelen dar datos precisos que hacen que sea más fácil dibujarles en mi mente. Aunque ellos muchas veces directamente me preguntan la edad, si tengo el pelo largo o corto, o datos por el estilo, y me quedo perpleja cuando alguien después de decirle, por ejemplo, que soy rubia me contesta: “¡Anda! Pues te imaginaba morena, siempre me ha parecido que tienes voz de morena”… ¿Voz de morena? ¿Qué ha detectado en mi voz para llegar a esa conclusión? ¿Y cómo narices es la voz de rubia? ¿También se oye si llevo gafas? ¿O si he cogido unos kilitos en verano?

Bueno, es cierto que, al igual que cada ser humano es distinto y único, nuestras voces también lo son. Cada una tiene una intensidad, un tono y, sobre todo, un timbre que nos hace únicos. Pero me parece ya algo más complicado que, a través de nuestros rasgos fonéticos, alguien te adivine las mechas.

Quizá sí haya otros aspectos de nuestra vida que queden al descubierto en cuanto emitimos un sonido. En cuanto un oyente entra en antena y dice “hola, buenas noches”, ya puedes adivinar su estado de ánimo. Y mientras continúa hablando intuyes cómo es esa persona. Esto, por supuesto, no es ninguna ley científica, por lo que supongo que me equivocaré en ocasiones, pero, por ponerles un ejemplo: el otro día nos llamó una chica para contarnos que había cumplido el sueño de su vida, conocer a su cantante favorito. La historia era alegre, y ella así nos lo decía, pero había algo en su voz que nos hacía sospechar que Anabel, que es como se llamaba, no era feliz del todo. Más adelante nos explicó que sufre una enfermedad del corazón que no le permite llevar una vida del todo normal. La voz de Anabel era fina, suave, temblorosa, dulce, casi susurrante. No me imagino a una chica de 16 años alocada, sin preocupaciones, que acude a los conciertos de su cantante favorito con esa voz, si no hay algo más detrás.

Hay otros casos donde el oyente que entra a hablar tiene una voz rota, rasposa; vamos, como se dice vulgarmente, una voz currada. Y antes de que empiece a relatar su historia sabes que, hable de ello o no, seguramente haya tenido una vida dura… La voz de los oyentes me suele servir de guía. Ella es la que me va indicando por dónde tengo que ir. Hay oyentes que, a lo mejor, sólo han llamado para un consejo a otra persona, pero puede que mientras lo hacen nombren a alguien o algo que haga que su voz cambie. Una señal clara de por dónde debo llevar la conversación.

En definitiva, la voz nos delata. A mí también me descubre cada noche. Hay un grupo de oyentes que se conectan a un chat que yo puedo ir leyendo en directo. A través de esta especie de mesa redonda virtual, los oyentes opinan, preguntan, critican… Pues bien, estos chatines, que es como se bautizaron ellos mismos hace unos años, son capaces de adivinar mi estado de ánimo ya en el “bienvenidos a Hablar por hablar” que digo al empezar el programa. En serio. Si un día notan que el color de mi voz, por lo que sea, está más apagado, rápidamente alguien escribe: “Qué, Cris? ¿No tuviste un buen día?”. O todo lo contrario, si notan que mi voz esa noche es más alegre, tiene más color, también se interesan (a veces incluso con preguntas bastantes indiscretas, pero, bueno, ése es otro tema).

Es curioso lo que nos llega a condicionar una cara unida a una voz. Porque a los locutores nos imagina, pero en otros casos, como por ejemplo ocurre con los actores de doblaje, somos engañados. La voz tiene rostro, pero es falso, es el de un actor. Y es curioso, pero cuando conoces a un actor de doblaje e intentas adivinar a quién ha doblado, necesitas cerrar los ojos para poder identificar a qué rostro le has oído esa voz antes. Lo de una voz para más de una persona resulta más complicado.

La verdad es que muchas veces me he preguntado hasta qué punto nuestra voz influye en nuestra forma de vida, y qué importancia le damos a la voz de los otros.

Ayer, por ejemplo, preguntaba a algunos de mis compañeros en la radio qué harían si conocieran a una persona que fuera inteligente, simpática, bella, amable, etcétera… pero que tuviera una voz chillona, desagradable y chirriante, ¿les importaría? Todos confesaron que sí.

En cuanto a cómo influye en nuestro estilo de vida nuestra voz, la verdad es que no lo tengo nada claro. Creo que, por ejemplo, si uno es tímido, no lo es por su voz. Lo que sí creo es que ella será la chivata que ponga al descubierto esta característica.

Quizá la cosa cambia un poco cuando se trata de profesionales para los que la voz es un instrumento fundamental de trabajo: profesores, periodistas, cantantes, políticos, actores… Creo que cuando las voces son muy características determinan mucho la vida laboral de esa persona. Por ejemplo, sin desmerecer el arte interpretativo de nadie, una de las armas con las que contaba Gracita Morales para hacer reír era precisamente su voz chillona, que hacía que todo lo que dijera resultara cómico. O las voces de actores como Juan Luis Galiardo, o Rafael Álvarez, El Brujo, que hacen que vibremos de manera especial.

En el mundo de la canción pasa algo parecido. Voces como las de Leonard Cohen o Tom Waits creo que casi obligan a tomar una actitud ante la vida. Sus voces están rotas, son crápulas, bohemias, misteriosas, sensuales… y así son precisamente ellos. Canten lo que canten, sonará pausado, canalla, provocativo, te invitará a cerrar los ojos, a dejarte llevar…

Pienso que dejaría de tener ese tipo de sensaciones si fuera otro cantante quien las interpretara. Por ejemplo, este que está tan de moda, Mika. Puede que cerrara los ojos, pero seguramente lo haría mientras bailo, o salto, que en mi caso viene a ser lo mismo. De todas maneras, tengamos la voz que tengamos, todos podemos mejorarla. Como dice mi foniatra, igual que vas al gimnasio a ponerte en forma, también necesitas un entrenamiento para la voz. Tengas el timbre que tengas, puedes aprender a modularla, a jugar con ella. Esto no sólo me parece interesante para los que trabajamos con la voz, sino para todo el mundo. Creo que aprender a manejar los sonidos, la manera de hablar y de contar las cosas, puede dotar a la persona de confianza en sí misma y mayor reconocimiento e incluso respeto por parte de los demás. Puede parecer exagerado, pero no lo es. Hagan la prueba. Pueden, por ejemplo, llamar a un teléfono de consulta. Hablen bajito, con la voz temblorosa, tartamudeando, agudo. Después vuelvan a hacerlo, pero con una intensidad de la voz mayor, con seguridad, vocalizando, con un tono más grave. Les aseguro que en muchos casos el trato no será el mismo. En definitiva, creo que la voz es un arma, a veces muy mal utilizada, con la que todos contamos.

Al fin y al cabo, el primer contacto con el exterior que tenemos al nacer es una voz, la de tu madre. Como ocurre en la radio, los bebés oyen, pero no ven. A lo mejor imaginan. Y quién sabe, como pasa con los oyentes, puede que la cara de sorpresa y el llanto de los recién nacidos no sea más que su manera de decirle a su madre: “Pues la verdad, no te imaginaba así”.

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